La celebración de los jubileos tuvo lugar el sábado 25 de abril. La capilla de la Casa Madre se llenó de muchísima gente, familiares y amigos de nuestras Hermanas, para dar gracias. El padre Richard Lukaszewski, vicario general, que presidió la ceremonia, anunció un total de 915 años de vida religiosa acumulados por nuestras Hermanas: “¡Da vértigo!”, añadió.
Homilía del Padre Richard:
Me hago una pregunta, Hermanas: ¿qué les queda por hacer después de 50, 60, 70, 75 años de vida religiosa? ¿Qué queda aún por hacer?
Esa es la pregunta que me hago. El Concilio Vaticano II nos recuerda que la regla suprema y el fundamento de la Vida religiosa es seguir a Cristo, según las enseñanzas del Evangelio. Seguir a Jesús: ciertamente, con san Francisco de Sales, es fácil. Hemos aprendido que la llamada a la santidad concierne a todos los bautizados. Todos estamos llamados a seguir a Jesús; esta llamada no se dirige solo a los consagrados.
Pero, por su vida consagrada, ustedes son la memoria del Evangelio para todos los bautizados, con el fin de invitarnos a seguir a Cristo. Ustedes son la memoria del Evangelio. Son también un signo – como lo decía el Evangelio hace un momento – para ayudarnos a mostrar siempre a Cristo, y además son la frescura del Evangelio a través de su fidelidad a amar cada vez más a Cristo. Son memoria, signo y frescura del Evangelio hoy. Incluso al cabo de 50, 60, 70 años de vida religiosa, Ustedes son esas tres dimensiones.

Celebración de los Jubileos
Cuando se celebran 50 años de vida religiosa, se trata de una vida de oro – unas bodas de oro -, una vida que resplandece y perdura a lo largo del tiempo. Y una gran riqueza – más preciosa que el oro— de su vida en la escuela de san Francisco de Sales es la humildad (en relación con la primera lectura).
60 años de vida religiosa es una vida de diamante, una vida sólida; no exenta de pruebas, pero que resiste las pruebas “con la fuerza de la fe”. El diamante de nuestra vida es nuestra fe. El diamante es también un signo de eternidad al servicio del Señor.
70 años de vida religiosa es una vida de platino (un material más raro que el oro); el platino marca el carácter único de cada una de nuestras vidas, vidas ancladas y equilibradas, bien arraigadas. Eso es también la vida religiosa: una invitación a mantenerse firme.
Y, por último, 75 años de vida religiosa es una vida de alabastro, piedra blanca y preciosa que evoca la dulzura, tan querida por san Francisco de Sales. Al igual que el alabastro, la vida religiosa deja pasar la luz del Señor con suavidad, una luz difusa. Esta piedra es también frágil, como puede serlo la persona consagrada después de 50, 60, 70 años de vida religiosa.
Entonces, Hermanas: ¿qué les queda por hacer tras 50, 60, 70, 75 años de vida religiosa?
¿Nos jubilamos? La respuesta, la de Jesús, está en el Evangelio: “Vayan por todo el mundo entero y proclamen el Evangelio a todas las naciones”, a toda la creación. Eso es lo que les queda por hacer. Las invito a seguir siendo memoria, signo y frescura del Evangelio hoy, a través de sus vidas de oro, de diamante, de platino y de alabastro, humildes y fuertes, muy arraigadas y dulces.
Amén.

Las Hermanas jubilares a la salida de la capilla
Palabras de la Hna. Brigitte-Espérance, que celebra sus 50 años de vida religiosa:
¿Cómo se vive un jubileo de 50, 60, 70, 75 años de profesión religiosa? ¡Con júbilo!
Con gran emoción… En una inmensa acción de gracias… Con un corazón que rebosa… Cuando nos entregamos al Señor en la primera Profesión, la página está en blanco, nos llama. Hoy, muchas páginas están escritas, el diario ya está muy lleno…
Cuántas horas pasadas en oración, en adoración, en la Eucaristía… Cuántos cánticos de alabanza y súplica han subido de nuestro corazón hacia nuestro Padre, por Jesús, en el Espíritu… Cuántas acciones realizadas con el mayor amor posible al servicio del prójimo, ofrecidas por la dirección de intención… Cuántas personas hemos encontrado en nuestra vida profesional y apostólica… Cuántas personas hemos acompañado en el camino del descubrimiento de Dios… la contemplación alimentando nuestra acción, y viceversa… Y esto bajo todos los cielos, pues la espiritualidad de san Francisco de Sales, totalmente evangélica, de dulzura y humildad, no tiene fronteras. Qué unión entre nosotras, que estamos juntas en la Casa Madre para esta celebración: 2 francesas, 1 inglesa, 1 colombiana, 3 ecuatorianas, 1 africana. nos anima un mismo impulso.








